Arte y CulturaHistoria de MichoacánInformación General

Una historia que contar: le decían la “Quinta Ruiz”, hoy se llama Parque Nacional “Barranca del Cupatitzio”

0

Gracias a la existencia de un plano de Uruapan de 1897, elaborado e impreso en Morelia, podemos enterarnos que a finales del siglo XIX, a parte del centro de la ciudad, sus habitantes vivían en los barrios tradicionales fundados por el misionero Fray Juan de San Miguel, ubicados en los cuatro cuadrantes o cuarteles en que se dividía la pequeña población, de aproximadamente 8,500 habitantes.

Considerando el plano en referencia, podemos anotar que en el primer cuartel situado al sureste de Uruapan se localizaban los barrios de “La Santísima Trinidad” y “La Magdalena” y rumbo al oriente estaba el terreno donde en 1899 se inauguró la estación del ferrocarril.

Hacía el lado poniente, ya en el segundo cuartel, encontrábamos a los barrios de “San Pedro” y San Juan Evangelista, incluyendo el Cementerio Municipal. Por este cuartel, cruzaba el abundante y cristalino río Cupatitzio (del purépecha “Kupatzini”, zambullirse; e “Itzio”, río, se traduce como: “zambullirse en el río”, aunque para los poetas es el “río que canta”.

Continuando, en aquella época en este cuartel se implantaron dos fábricas de hilados y tejidos, una conocida como La Providencia y la otra San Pedro; también, varios molinos de trigo, morteros, la planta de luz eléctrica de la ciudad y cerca del Salto de Camela (en la calle 20 de noviembre), el Teatro Juárez.

El tercero abarcaba parte de la extensión territorial del norte de Uruapan, y comprendía los barrios de “Santo Santiago”, “San Juan Bautista” y “San Miguel”.

Precisamente, en este cuartel se hallaban las dos quintas más conocidas de Uruapan; la “Quinta Ruiz” y la “Quinta Hurtado”; la primera, propiedad entonces del licenciado Eduardo Ruiz y la segunda, una bella finca mucho más ostentosa en construcción que la antes citada, de la familia del hacendado Silviano Hurtado y doña Rosa Treviño.

El último cuartel, sólo lo integraban el barrio de “San Francisco”, el centro de la población y parte del barrio de “San Miguel”. En él estaban situados los lugares públicos más identificables del pueblo, tales como la huatápera, el templo viejo, hoy iglesia de San Francisco; el templo nuevo, hoy templo de la Inmaculada Concepción; las tres plazas (Mártires de Uruapan, Juárez y Fray Juan de San Miguel), sus dos plazuelas (Donato Guerra e Izazaga), los dos parianes y portales, además de las oficinas de la Prefectura; en fin, en su mayor parte los espacios de comercios y de dependencias de gobierno.

Bajo este contexto, la “Quinta Ruiz” -como se mencionó- la localizamos en el tercer cuartel, en la Calzada la Quinta.

A detalle, el origen de la finca como propiedad de la familia Ruiz Alvarez, hoy Parque Nacional «Barranca del Cupatitzio», se ubica en la época de la República Restaurada, o sea después de los episodios de Guerra de Intervención Francesa (1862-1867), en la cual como es sabido los michoacanos también participaron decididamente en contra de los intervencionistas y el gobierno del auto-nombrado emperador de México, Maximiliano de Habsburgo.

En relación a la compra de la propiedad, Pedro Leonardo Talavera Ibarra, con todo reconocimiento el biógrafo más importante de la vida y obra Eduardo Ruiz; en uno de sus textos señala que la adquisición del terreno fue por el año de 1868, cuando don Toribio Ruiz, su hijo Eduardo y el coronel José Vicente Villada. Para ese tiempo ya habían adquirido el terreno con el propósito de poner a trabajar un molino de trigo. Pero, aún cuando los tres socios contrataron a un ingeniero de origen alemán para el diseño de las instalaciones, el negocio no fructificó.

Sin embargo, Eduardo Ruiz logró salvar la frustrada aventura empresarial, quien tomó posesión del terreno. Un hermoso predio que con el correr de los años se transformaría en el bello lugar de naturaleza viva que todos conocemos. Por cierto, cuando adquirieron la propiedad, se encontraba arruinada y en completo abandono.

Referente la adquisición, ello se confirma de acuerdo a lo expresado en una carta escrita por Eduardo Ruiz, estando en Morelia, fechada el 20 de noviembre de 1867 y que le envió a México a su paisano, el notable e influyente político Manuel A. Mercado (mecenas de José Martí), donde le pide se entreviste con una persona de apellido Obregón y le manifieste el interés que tienen por comprarle el terreno y el molino de la “quinta del oeste”. En el texto le manifiesta que están dispuestos a darle mil y hasta mil quinientos pesos por el predio.

Dicho sea de paso, originalmente el señor Obregón había planeado construir en tal propiedad una fábrica de hilados y tejidos, aprovechando el nacimiento del río Cupatitzio. Sin embargo, antes de hacerlo, estaba por iniciar actividades la fábrica Paraíso Michoacano, llamada años más tarde La Providencia; de ahí el interés de Eduardo Ruiz por la compra, ya que estaba seguro que a su dueño no le importaría más la propiedad.

Al adquirir el predio y no poder crear la nueva empresa con su amigo de armas, el coronel republicano Villada, éste les cedió su parte y se puso a gobernar el estado de México. Mientras que los Ruiz fueron los únicos dueños del hermoso lugar tan lleno de belleza e inspiración y es muy seguro que contrataron quién les fincara la casa solariega de dos pisos a la que se hará referencia en los párrafos siguientes.

Don Toribio Ruiz falleció el 7 de octubre de 1878 y su esposa Jacoba dos años después, el 16 de septiembre de 1880. A raíz de la muerte de sus padres, Eduardo, siendo el mayor de la familia y el más ilustrado se encargó de las propiedades heredadas, entre ellas, la multicitada quinta.

De esta forma, por más de veinte años los habitantes del bello vergel michoacano, a tal sitio solían decirle: “La Quinta del Licenciado Eduardo Ruiz”, o simplemente “La Quinta Ruiz”.

La vida y obra de este personaje es tema aparte, y de manera breve podemos asegurar que fue uno de los políticos de origen michoacano que durante el porfiriato tuvo un cargo de primer nivel en un gabinete federal, al ser por algún tiempo Procurador General de la República. Y eso no es todo, pues debe considerársele el primer historiador y cronista de Michoacán -originario de Paracho-, dada su rica obra literaria e histórica. Para muestra, tres grandes publicaciones: “Michoacán: Paisajes, tradiciones y leyendas”, “La Guerra de Intervención Francesa en Michoacán” y “Un Idilio a Través de la Guerra”.

Durante el tiempo que este distinguido parachense e hijo adoptivo de Uruapan estuvo al cuidado de la quinta, mandó hacerle algunas modificaciones y arreglos, incluyendo la construcción de la casa y los miradores que todavía a mediados del siglo pasado los vecinos de la ciudad y visitantes podían admirar.

A partir entonces, inclusive cuando don Toribio vivía, la propiedad era un lugar hospitalario y de visita obligada para los importantes personajes del siglo XIX que venían por distintos motivos a Uruapan.

Es memorable el testimonio del noruego Carl Lumholtz quien en 1895 a su paso el edén michoacano, relata en su obra “México Desconocido” sobre el parque, las siguientes líneas:

“Cerca de la ciudad existe un magnifico manantial de donde nace un río cuyas cristalinas aguas acrecen la variedad de la belleza singularmente pintoresca del paisaje. Utilízase el agua para regar las huertas de plátanos y cafetos, y el café que allí se da, goza fama de ser el mejor de México”.

En ese tiempo ya existía el molino de harina y la finca con sus hermosas terrazas, de lo cual hay informes de que a principios del 1900 era atendido por Josefina, la hija menor de la familia.

El abogado Eduardo Ruiz murió a raíz de una caída de su caballo, el 16 de noviembre de 1902. Había estado casado en dos ocasiones: la primera con Francisca Salgado, con quien procreó tres hijos: Eduardo de Jesús, Josefina Fátima y María Dolores. Mientras que con su segunda esposa, la potosina María Salomé Benítez Molina, tuvo dos hijos: Agustín, fallecido a edad temprana y Daniel.

Al morir don Eduardo, su hija Josefina (1868-¿1942?) se hizo responsable de la quinta desde diciembre de 1902 hasta principios de 1936, año en que el gobierno federal hizo la compra del terreno.

Por cierto, los pobladores durante todos estos años le llamaban: “La Quinta Josefina”.

Cabe decir que el otro heredero, su hijo, el Ing. Daniel Ruiz Benítez, radicó en México y venía esporádicamente a Uruapan a visitar a la familia y a ver en qué condiciones se encontraba la huerta y Quinta Josefina, pero nunca intervino en su cuidado.

Por otra parte, al iniciar el siglo XX, la calzada donde se localizaba la “Quinta Ruiz”, era conocida como “La Calzada de los Ruiz Alvarez”; a pesar de que había otra propiedad -como dijimos- llamada “La Quinta Hurtado”.

El río Cupatitzio, la Tzaráracua, las siete quintas más populares; el centro histórico, los barrios y la Huatápera eran los atractivos para el visitante que veía al Uruapan provinciano; el que como sabemos a través de los testimonios de los viajeros extranjeros no era más que un verdadero paraíso; por suerte, cien por ciento michoacano. Y qué decir de los lugares típicos de la región que también dejaban encantados a todos los que pisaban esta tierra bendita.

A principios del siglo XX, los atractivos tanto para los uruapenses y los viajeros, eran: La Tzaráracua, la quinta la Ruiz, el Cerro de la Charanda, La Camelina; La Empacadora de Carnes «Popo», hoy Facultad de Agrobiología Presidente Juárez; La Presa, La Huerta Morena, que estaba a un costado de la capilla del barrio de San Juan Bautista; etc.

Así que bajo ese entorno natural y de exuberante vegetación se hallaba la “Quinta Josefina Ruiz”.

Cabe decir que conforme a la división territorial el Departamento de Uruapan, en base a la Ley Orgánica de 1902, la quinta era considerada “rancho” y más allá del río “tenía coto de casa”.

Regresando a la vida de doña Josefina, última propietaria del lugar, antes de transformarse en lo que hoy es el Parque Nacional “Barranca del Cupatitzio”; ésta vivió en la Avenida Ocampo, donde se encuentra actualmente el Hotel Plaza, tenía como vecinos hacia el norte, a la familia Mora Velázquez, y hacia el sur, se localizaba el Hotel Mirador. Siendo en la actualidad donde se ubican varios comercios, y donde en 1814 se redactara casi en su totalidad la Constitución de Apatzingán.

Josefina Ruiz se casó con Antonio Equihua, originario de Paracho. Algunos pobladores la recuerdan como una señora a la usanza antigua. Solía vestirse casi siempre con ropa sencilla, no era muy pretenciosa, tenía el pelo lacio y le gustaba traer el peinado hacia atrás.

Doña Josefinita -como le decían- a diario subía a paso lento hasta  llegar a la quinta, por la calle Independencia, antigua Calle Real, a revisar la siembra de café y aguacate criollo que ahí se cultivaba; al lado del huertero mayor y cuidador del lugar, llamado Marcial, quien se distinguió por ser una persona muy honesta; iba por ella a su casa y la acompañaba hasta aquél hermoso lugar paradisiaco, el más reconocido en Uruapan, donde estaba la famosa “Rodilla del Diablo”. Aunque tiene un lugar especial la Tzaráracua.

A doña Josefinita su servidumbre le llevaba la comida que se preparaba en su hogar y ya en las tardes bajaba despacio, a su paso, para continuar con las labores de la casa del centro.

Por cierto, en los terrenos de la quinta, desde hacía mucho tiempo se aprovechaban para la siembra de varios frutales. Por decir en 1925, el comerciante local Luis Orozco, exportador de fruta de la región de Uruapan, señalaba que la “Camelina” era una aceptable huerta productora de guayaba y plátano criollo, y que en la “Quinta Ruiz” además del café tan codiciado, se producía plátano y aguacate criollo, todos esos frutos se vendían en plazas como la ciudad de México y Puebla.

No está por demás resaltar que la quinta era una hermosa huerta, donde el río Cupatitzio corría libremente. Por su parte, la finca se utilizaba como una casa de campo, a ella, como se citó, no sólo los Ruiz solían ir de paseo; mejor dicho, también fuereños, viajeros. Además, pobladores y la sociedad uruapense de aquellos años. ¿Quién de esa época no visitó la propiedad de doña Josefinita?

Dicho de otra forma, los habitantes de Uruapan, la sociedad local y familias de los barrios acostumbraban ir de excursión a la “Quinta Ruiz”, casi siempre Marcial los recibía allá. Para esto lo único que tenían que hacer los interesados era ir a la casa de la señora Ruiz y pedirle unas tarjetitas de cartulina con el sello y con su firma, y de esta manera se les dejaba entrar. Sin costo alguno.

En pocas palabras, la quinta era una hermosa casa solariega y huerta que encantaba a cualquiera que la conocía. Justamente en 1916 y en 1921 vinieron de vacaciones y conocieron la finca, el futuro músico Silvestre Revueltas y entonces estudiante de derecho Daniel Cosío Villegas, respectivamente.

Y no podemos dejar de citar algunos escritores y poetas que elogiaron el río Cupatitzio,  desde el porfiriato y la época de la revolución, donde está presente la Quinta Ruiz como punto de referencia del río que canta, mencionamos algunos: Juan de Dios Peza, Ramón Valle, Ezequiel A. Chávez, Gil Blas, José María Bustillos, Manuel García Rojas, en fin.

He aquí un trozo literario de Juan de Dios Peza: (…) Que la Quinta imite las gracias no soñadas, los iris que coronan tus límpidas cascadas; los panoramas todos de tu oriental vergel (…).  

Y es que la quinta era un auténtico paraíso terrenal: un territorio de asombroso de esplendor, donde se creaban sonidos armoniosos, cantos de fantasía y misterio, escenario donde las ninfas y náyades, voluptuosas jugueteaban en los remansos; un bosque lleno de caminos sorprendentes, de musgos y rocío, de fuentes y praderas; ahí se encontraban siempre cantando las aves y los pájaros; perfumado con el aroma de hermosas flores, floripondios, clavellinas, magnolias, geranios, azahares, rosas blancas, violetas, lirios, y hasta zirandas…

A propósito, el semanario “El Colmillo”, año 1, No. 6, fecha 28 de diciembre de 1919, editado en esta ciudad, nos informa una noticia muy interesante:   

“El General Obregón Visita Algunos Puntos de la Comarca”: El viernes pasado en la mañana el señor Alvaro Obregón visitó, en compañía de distinguidas personas, las cercanías de esta ciudad. Bordeando el río Cupatitzio, el cortejo pasó hasta llegar a pintorescos lugares. Visitó el candidato a la Presidencia de la República algunas huertas, entre ellas, “La Camelina”, yendo después a algunos barrios: el de San Juan Evangelista y San Pedro (…) Más tarde el candidato a la república, personas de esta ciudad y periodistas que lo acompañaban, estuvieron en las fábricas de hilados de “San Pedro” y “La Providencia”. Aquí los jefes de sindicato saludaron cordialmente al candidato. Regresaron los visitantes a medio día. EL BANQUETE.- A las dos de la tarde se ofreció al señor Obregón, un banquete en la Quinta “Josefina Ruiz”. Ofreció la comida el licenciado Ramón Equihua. Conquistó aplausos. Después el señor Alvaro Obregón, contestó el brindis y produjo brillante discurso”.

En otro orden de ideas, las colindancias más importantes de la propiedad de los Ruiz eran: al lado norte, estaba el camino antiguo a Paracho, al sur la capilla del barrio de Santo Santiago y al este la quinta de la familia Hurtado, quienes por cierto vivían en la planta alta de la esquina poniente del Portal Carrillo, del centro de la ciudad.

Asimismo, como detalle complementario, para llegar a la huerta y quinta situada al final de la antigua Calle Real, se caminaba o se iba a caballo, y por una temporada se podía utilizar el servicio urbano del tranvía de mulitas, entre 1924 y 1929.

Al final de la Calle Real, uno se topaba con los escalones que conducían al pórtico principal, luego se admiraba un fresco Liquidambar, cubierto por un rodete de piedra y que daba sombra a la una bonita casa con miradores; el cual todavía podemos ver, aunque hoy afuera del lugar turístico.

La casa se hallaba al lado derecho, de lo que en la actualidad es la entrada principal del parque nacional, justamente donde se localizan las oficinas administrativas.

Desde la planta alta de la finca se veía el centro de la pequeña ciudad. El patio principal era muy amplio y contaba con un hermoso jardín de rosales de colores y tonos.

Dicho de otra manera, al cruzar el patio donde se encontraba el liquidámbar, se veía la amplia construcción, dividida en dos secciones, una de mayor extensión con sus portales y la otra solamente con ventanales al frente. Era de dos pisos y tejado con caída de agua cada uno. Y en la parte superior había dos orificios llamados «Ojo de buey», que permitían que entrara la luz del oriente.

En la planta baja estaba la sala, área de recibimiento y la cocina; las cuales se habilitaron como oficinas en los años 40´s del siglo pasado, recién firmado el decreto de creación del parque nacional. Mientras que en la planta alta se disponían de los cuartos donde es muy probable que los miembros de la familia tenían sus recamaras.

A espaldas de la construcción se pasaba por una avenida rodeada de hermosas flores, arbustos y árboles de aguacates, cafetos, plátanos, naranjos, granados, duraznos, nísperos, guayabos, etc., esta avenida conducía a un puente de madera, conocido posteriormente como “El Puente del Recuerdo”, que conducía a la famosa «Rodilla del Diablo» y por la cual se ha hecho tan famoso el parque uruapense.

Era un lugar inmensamente hermoso y tranquilo, alejado del bullicio, por eso cuando el licenciado Eduardo Ruiz regresaba de Morelia o México, prefería pasar gran parte del día allá; incluso en esta quinta estaba su acervo bibliográfico y sus pertenencias más importantes, sus pinturas, sus joyas arqueológicas. Fue aquí donde escribió gran parte de su obra histórica y literaria.

Sobre este regalo de Dios, no podemos dejar de señalar que la descripción del lugar es la descripción de un verdadero edén, pues al entrar a la propiedad de los Ruiz el visitante quedaba encantado y hasta extasiado por tanta belleza natural que lo rodeaba. Por cada romántica callecita del bosque, se admiraban infinidad de árboles de distintas clases, verdes arbustos, plantas y flores silvestres; expidiendo agradables aromas de vegetación.

Las veredas iban conduciendo hacia el nacimiento del “río que canta”, y por todo el trayecto se percibía un arrullo musical único provocado por el afluente, el que deleitaba a los oídos de cualquier mortal, en tanto que los ojos no dejaban de ver con gran atención la abundante y exuberante belleza, como por ejemplo, cuando se rompía entre peñascos el agua cristalina que venía de su nacimiento, formando una blanquísima espuma hasta disolverse en remansos azules para perpetuar su camino serpenteando la vegetación multicolor que poseía la armonía perfecta del paraíso.

Por eso cada rincón, cada espacio, cada paraje de la floresta, tan lleno de vida, era, como se dijo, el mejor lugar para la creación y recreación de los artistas, los poetas, los compositores, los escritores. Palabra y paisaje se unían bajo el ritmo melodioso del sonido acuífero.

De tal manera que se puede afirmar que “La Quinta Ruiz”, hoy el lugar turístico más significativo de Uruapan, fue una huerta particular, un lugar dotado de hermosura, de ensueño y muchas leyendas; era -es todavía- un verdadero vergel, asentado en el paraíso michoacano. ¡Tierra bendita y perenne! Hoy una zona ecológica que debemos defender y preservar. Sin dejar que se ofenda su ecosistema con medidas que dañen su entorno.  

Continuando con esta historia, durante la década de los años 30´s del siglo pasado, ya las bellezas naturales de Uruapan eran promovidas a nivel nacional, como nunca antes se había hecho. Y se incrementarían años posteriores desde la época del Paricutín en adelante.

Ya en 1935, Foglio Miramontes en su excelente trabajo geográfico, económico y agrícola sobre Michoacán, comentaba «que esta población es uno de los más bellos sitios de la República, y donde el turista puede encontrar toda clase de satisfacciones. Es proverbial la hospitalidad de sus habitantes, lo que unido al hermoso clima, y a la vegetación exuberante de sus alrededores, lo convierte en un lugar hermosísimo… Los lugares que el turista debe conocer en Uruapan son: La Rodilla del Diablo, en el nacimiento del río Cupatitzio, y las quintas «Ruiz» y «Hurtado»; «La Camelina», y la Fábrica de Aguardiente «La Charanda»… A diez kilómetros aproximadamente de la ciudad, se encuentra la preciosa cascada que forma el río Cupatitzio, denominada la Tzaráracua, la que hoy es muy visitada por todos los turistas. El Cupatitzio nace en las orillas de la población».

Es fundamental referirnos a la compra de la quinta, donde doña Josefina Ruiz de Equihua, desde 1934 puso a su venta ya que por su edad, poco a poco no podía atenderla personalmente.

La historia de la compra-venta puede sintetizarse así:

En 1935 el general Lázaro Cárdenas, entonces Presidente de la República, se enteró que los Ruiz de Uruapan estaban promoviendo la venta de su quinta, sitio que el estadista mexicano conocía desde el año de 1921 cuando fue invitado a un banquete que se le preparó al gobernador del estado, su correligionario general Francisco J. Múgica, al que asistieron políticos, militares, gente de sociedad y amigos cercanos de Múgica.

El Ejecutivo Federal decidió encomendar al Ingeniero Miguel Angel de Quevedo para que viniera hasta Uruapan y se entrevistara personalmente con doña Josefina, con el fin de conocer las pretensiones en cuanto a la venta de la propiedad. Dicho en otra forma, el comisionado, quien por su experiencia agrícola era conocido como «El Apóstol del Árbol», fue el que llegaría a arreglar con la propietaria para hacer la compra-venta del hermoso lugar.  

Al recorrer la quinta y los montes cercanos, el experto, a quien en este espacio reconocemos la acertada opinión que expresó al respecto, le habló a Tata Lázaro sobre las ventajas que podría ofrecer al Gobierno Federal hacer tal adquisición, mismas que fueron tomadas en cuenta ya que sus conocimientos en la materia lo autorizaban suficientemente para formular un dictamen de tal naturaleza.

Una vez hecho el trato, Miguel Angel de Quevedo partió a México y le hizo patente al general Cárdenas lo valioso que sería para su gobierno contar con un parque como “La Quinta Ruiz”.  

Acto seguido, conforme al protocolo de venta con la federación, el día 9 de enero de 1936 en México, Distrito Federal, se hizo un acuerdo donde se estableció el contrato de compraventa, con la entrega de las escrituras de las vendedoras: Josefina Ruiz de Equihua, que ofrecía la propiedad multicitada y Dolores Murguía Vda. de Molina, quien ofrecía los terrenos anexos a la quinta y que al final también adquirió el gobierno de Cárdenas.

Con ello se confirma que en tal fecha se consintió el contrato, firmado por el presidente de la república, Lázaro Cárdenas del Río y Eduardo Suárez, Secretario de Hacienda, así como también por las interesadas.  

Inmediatamente, en la ciudad de Uruapan, como fecha memorable para la historia del parque nacional, el lunes 24 de febrero de 1936, a las 11 horas, 10 minutos; en la Notaría Pública del Lic. Ignacio Martínez Uribe, quedó legalizada la adquisición del gobierno federal de la Quinta Huerta “Ruiz”, para pasar a ser Parque Nacional.

Por cierto, el mismo general Cárdenas había escogido a uno de sus amigos cercanos de toda la vida, el licenciado Ignacio Martínez Uribe, con residencia en esta ciudad, para que llevara el proceso notarial.

El costo de la “Quinta Ruiz” fue de 60 mil pesos, la compra fue por conducto Departamento Forestal y de Caza y de Pesca Federal, correspondiéndole a don Valente Garibay Palafox en representación de la Federación, como Jefe de la Oficina Federal de Hacienda; pagar a doña Josefina Ruiz aquella cantidad ante la presencia de Martínez Uribe. En tanto, esa misma fecha, el representante Garibay Palafox, entregó 7 mil pesos a doña Lola Murguía Vda. de Molina, por los terrenos anexos que habían adquirido.

Al Parque nacional se le conoce oficialmente como “Barranca del Cupatitzio” de acuerdo al decreto del 29 de septiembre de 1938, aunque fue hasta el 2 de noviembre de 1938, año que coincide con la Expropiación Petrolera, cuando el gobierno cardenista, publicó en el Diario Oficial de la Federación, el decreto mediante el cual se declara Parque Nacional con el nombre de «Barranca del Cupatitzio», a la antes denominada “Quinta Ruiz”.

Olvidaba decir, y no hay que olvidarlo, que su creación fue motivada por la belleza escénica del área y con objeto de proteger tanto las fuentes de abastecimiento de agua de la ciudad, la flora, la fauna y conservar un espacio para el esparcimiento de sus habitantes.

De manera más explícita, el Ejecutivo resolvió comprar la propiedad y montes anexos «para establecer un coto de caza como reserva forestal para la protección y propagación de animales silvestres; hacer de la huerta un parque arbolado de carácter público, que contenga las plantas más bellas del estado de Michoacán, lo que hará intensificar la afluencia del turismo en Uruapan y proteger, de una manera especial, la buena atmósfera y el clima propio del lugar, así como las aguas del río Cupatitzio que atraviesan la huerta».

Conviene explicar que a partir de entonces, la extensión territorial del Parque Nacional «Barranca del Cupatitzio» se dividió en dos secciones: el Area de Montaña, con más de 450 hectáreas (originalmente incluía lo que ahora son las colonias 28 de octubre y Rubén Jaramillo) y el Area de Río con 19.8 hectáreas; siendo esta última sección donde encuentra el lugar recreativo, turístico y su famosa «Rodilla del Diablo».  Indicar que comúnmente se considera que Parque Nacional «Barranca del Cupatitzio» es sólo la extensión del área recreativa, pero no es así, en materia ambiental son la suma de las dos áreas.

A partir de entonces, el Parque Nacional conocido por muchos como «Eduardo Ruiz» y que oficialmente debe decirse «Barranca del Cupatitzio», fue manejado por la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, a través de la Subsecretaría Forestal y la Dirección General de Parques Nacionales y Áreas de Recreación, hasta el 20 de junio de 1979, fecha que fue transferido para su administración al gobierno local, a través de un patronato.

Por último, y regresando al destino de la “Quinta Ruiz”, fue a iniciativa del divisionario michoacano y dentro de las obras emprendidas por la Comisión del Tepalcatepec de tipo recreativo, que fue llevaba a cabo la ejecución de las instalaciones e infraestructura del Parque Nacional “Barranca del Cupatitzio”.

La obra hidráulica fue emprendida entre los años de 1948 y 1952, en su primera etapa para la apertura de los caminos empedrados, el trabajo hidráulico y fuentes que actualmente ahí se encuentran. Años posteriores, en los 60´s, se ubicaría el famoso mural “Eréndira”, pintado por Manuel Pérez Coronado y Alfonso Villanueva, el cual está en deplorables condiciones y sin forma de restaurarlo.  

Fue exactamente el 1º de abril de 1952 cuando las autoridades de los tres niveles de gobierno inauguraron las oficinas y mejoras del lugar turístico más importante de Uruapan, con recursos costeados por la Secretaría de Agricultura y Ganadería, la Comisión del Tepalcatepec y la cooperación de los vecinos de esta ciudad, dirigiendo las obras el Arquitecto uruapense Enrique Marín López (papá de los famosos escultores Jorge y Javier Marín) y el Ing. Carlos Escalante Flogia, Oficial Mayor de la Comisión de la Cuenca del Río del Tepalcatepec, con la participación de otros destacados ingenieros, técnicos y trabajadores que, con su granito de arena, ayudaron para cumplir con los trabajos de construcción del hermoso lugar que hoy todos admiramos, el Parque Nacional “Barranca del Cupatitzio”, otrora “Quinta Ruiz”.

Sergio Ramos Chávez, Cronista De La Ciudad De Uruapan

Comments

comments

Fortalecer procesos de fiscalización en Michoacán y dotar de mayor autonomía a la ASM propone Miriam Tinoco

Previous article

Arrancó el Programa Municipal de Reforestación 2020 con la meta de plantar 250 mil arbolitos

Next article

You may also like

Comments

Comments are closed.