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DÍA INTERNACIONAL DEL CAFÉ. 1° DE OCTUBRE Porque no todos los cafés se toman con azúcar. Un poema por favor…!

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CAFÉ AMARGO

(En un café del Paraíso)

– ¡Un café, por favor!

– ¿Con azúcar?

– ¡Sin azúcar, por favor!

 

Hoy, quiero extasiarme con ese sabor natural y amargo,

el que despierta mis sentidos y avizora mis desvaríos.

Hoy quiero dejar la dulzura que empalaga,

entremezclada con el amargo del “Café de Uruapan”,

de ese aroma que me embriaga, el de “La Lucha” diaria.

 

Y entre esos desvaríos de mis sentidos, alzo la voz y digo:

 

¡Lo quiero amargo!

Para entender la desnudez del que ha perdido todo,

y su único abrigo es su dignidad humillada.

Y como al pasar la indiferencia lo mira de reojo,

porque de frente la miseria se contagia.

 

¡Lo quiero amargo!

Para saber a qué saben las lágrimas de angustia,

que resbalan en el rostro de una madre.

 

¡Lo quiero amargo!

Como las lágrimas del niño desvalido,

el de carita sucia y pantalones rotos.

El que estira la mano pidiendo un peso,

y la arrogancia lo ignora por ser bajito.

¡Lo quiero amargo!

Como lo que siente un niño,

cuando la maldad se oculta,

lo amenaza y lo violenta

ante los ojos ciegos y los oídos sordos.

 

¡Lo quiero amargo!

Como la mirada angustiante,

de la juventud de sueños y alegría irrumpida,

que deambulan en la calle, en la escuela, o en la casa,

cabizbajos, solitarios, retraídos, perdidos en el tiempo,

sin presente, ni futuro, sin destino, cargando

golpes acertados con el puño o la palabra,

que van dejando marcas en su cuerpo y en su alma.

ellos, los de hombros caídos y cara entristecida,

que claman en mutismo agudo:

¡ayuda, ayuda, ayuda… por favor, no me ignores!

y los ignoramos.

 

¡Lo quiero amargo!

Como el sabor de la bilis derramada,

por el sobresalto inesperado

de la sinrazón del acto o la palabra,

que injusta y sin conciencia se impone

ante la justa razón del que reclama.

 

¡Lo quiero amargo!

Como el dolor del desahuciado,

que va perdiendo la dulzura de la vida,

y un rictus mortal asoma a su ventana,

esperando la luz de la partida.

¡Lo quiero amargo!

Como el sorbo que tomó la anciana,

que se quedó dormida esperando,

la llegada del hijo ausente,

y quien la visitó fue la muerte.

 

¡Lo quiero amargo!

Como el sabor de tu partida,

con su vacío agobiante que me aflige,

en el silencio ensordecedor que me perturba.

En esa ausencia que se llevó la ilusión inquebrantable

de la alegría del despertar de las mañanas,

y acabó con la dulzura de la vida, oscureciéndola

en su amargura que me acaba.

 

¡Lo quiero amargo!

Como la traición de un ingrato,

que vende como judas al amigo,

susurrando a sus espaldas,

después del vino servido.

 

¡Lo quiero amargo!

Como el rostro triste del migrante,

que avanza en éxodo con pasos inseguros,

huyendo de la maldad que esconden los humanos.

Sueño de esperanza y libertad, destino incierto que se topa

con muros infranqueables de odio, racismo y poder.

 

¡Lo quiero amargo!

Como el invierno que le cala hasta los huesos,

a la miseria que duerme entre cartones,

en las banquetas de portales silenciosos.

¡Lo quiero amargo!

Como lo que encontró la mujer,

que abrió la puerta del éxtasis efímero,

buscando la felicidad ansiada,

y regreso adicta, enferma, despreciada.

 

¡Lo quiero amargo!

Como la desilusión de mi pueblo,

que se bebió la fe y la esperanza,

pensando que eran dulces,

y las encontró más amargas.

 

¡Lo quiero amargo!    Porque dulce empalaga mi alma…

 

…Y después, después de tomar conciencia,

de lo amargo que he ignorado,

y en un acto de fe descontrolada,

entre sollozos, alzaré la voz, y gritaré:

 

¡¡¡Con azúcar por favor!!!

 

Porque mi fe es mas grande que mi conciencia.

 

¡Porque lo quiero dulce!

Como la languidez suave que se asoma en el destello del horizonte,

mostrándome que siempre habrá una nueva luz para el que despierta.

Y que la tierna sonrisa de un niño que juega en la plazuela

me da la fe y la esperanza que el amargo también puede ser dulce.

y que la vida, aunque amarga, podemos endulzarla con la fe, el amor y la esperanza.

Laura E. Ramos Ch.

 

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