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Las cuatro décadas del Jedi

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Ser niño en 1977 fue algo fantástico. Ser niño, y además haber vivido en California todo ese verano fue algo mejor. Pero ser un infante, asistir al estreno de Star Wars en San José, y después alardearlo, fue algo inconmensurable. El que esto escribe fue por unos meses la celebridad escolar: el chamaco que contaba la cinta más anhelada de la década, el escuincle que dejaba a los demás con la boca abierta. Pero dejemos estos efímeros deleites infantiles de lado, y vamos hacia atrás.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…………
Son los setenta. Un hiperactivo director llamado George Lucas convence a los dubitativos ejecutivos de la 20 Century Fox para financiar una cinta de fantasía ambientada en un lejano período impreciso; pero pletórico de elementos que el público identifica como suyos: un joven héroe que desconoce su poderoso linaje, un anciano que servirá de imagen paterna, un buscapleitos con corazón noble, una princesa radiante, un maligno emperador todo poderoso y el mal encarnado en un caballero negro de elegante voz y perversas maneras.
Únase a esto un perro súper desarrollado que será copiloto; el recurso cómico de dos androides que conjugan una curiosa pareja gay; siniestras criaturas de impreciso aspecto y naves súper poderosas que rompen toda Ley Física deslizándose en el espacio como por su casa.
Los ejecutivos, después de un suspiro de resignación, concedieron el presupuesto, raquítico para las ambiciones del joven director. Y es que este artífice no tenía muy buenas credenciales, su anterior filme de ciencia ficción, THX 1138, no había hecho gran cosa en taquilla, aunque se había anotado un gran éxito con American Graffiti.
Con un financiamiento externo, el joven George Lucas persiguió su sueño y sólo hizo hincapié en los derechos sobre sus creaciones. Nadie se los discutió, y el dinero fue entregado a cuentagotas. Lucas siguió adelante. ¿El resultado? Una de las cintas más taquilleras de la historia y uno de los eventos mercadotécnicos que definirán el siglo 20: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, estrenada el 25 de mayo de 1977 en los Estados Unidos a nivel nacional.
40 años no son nada entre dos milenios. Si a las religiones convencionales les tomaba siglos consolidarse, a los seguidores de Star Wars les han bastado sólo cuatro décadas, una heptalogía y un spin-off para cimentar sus liturgias, conocer a sus deidades, establecer sus cánones y ser sacudidos por sus cismas. Y aunque la supuesta consolidación de “La fuerza” como divinidad no pasa de ser una leyenda urbana, el fanatismo de los seguidores de la máxima creación de George Lucas es algo objetivo: convenciones con asistencia de miles, 467 millones de menciones en la red (tan sólo en Google), coleccionistas que pagan fortunas por juguetes descontinuados pero aún en caja…y vivales que se aprovechan de esta euforia especulativa para sacar tajada, como el codicioso vendedor que ofreció una figura de Luke Skywalker con la cabeza de Han, en su paquete cerrado, por un millón de dólares.
Lo sorprendente es que tan punzante enajenación no es privativa de los adultos que vimos las cintas en sus estrenos originales en cine. También esta contagiosa idolatría ha alcanzado a niños que apenas nacían cuando nosotros, barbados y con tarjetas de crédito, nos peleábamos por el último boleto disponible en la sala THX de Pabellón Polanco, en el reestreno de 1997.
Los nuevos adeptos, dispuestos a discutir durante horas porque a Chewbacca no le dieron medalla, pasan por alto las miles de referencias mitológicas, históricas y esotéricas de las cintas de Lucas, y se concentran en vivir como lo harían los iniciados a un culto complaciente. Porque el atractivo de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS no radica en la fallida filosofía jedi, en la estupidez congénita de una sempiterna Rebelión incapaz de consolidarse en el poder, ni en las magistrales estrategias políticas del Emperador, dignas de un curso superior de Teoría del Estado. No, la magia de Star Wars desbordó la mercadotecnia durante cuatro décadas, y nos sigue haciendo comprar, con un principio de suma sencillez: los buenos ganan, los malos pierden, el equilibrio se restablece. Y que la fuerza te acompañe.

Salvador Quiauhtlazollin.

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