Entrevistas y Colaboradores

HUETAMO, cruz de caminos (una visión expresa del año 1951)

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Huetamo acaba de celebrar el cuarto centenario de su fundación, poniendo de relieve su limpia y brillante ejecutoria. Cuatrocientos años de vida que hablan muy bien de su historial y que otorgan a su conjunto mayor prestancia y severidad. ¿No ha llegado a conquistar acaso el título de capital del afecto y la simpatía en esa vasta zona de la tierra caliente? Fray Juan Bautista de Moya, peregrino ejemplar, funda la población en 1553. El fraile hace las cosas a conciencia; para establecer el nuevo pueblo, escoge ese sitio de huertas y manantiales ubicado en el centro del valle que se extiende hasta las orillas del Balsas; traza luego un cuadro sobre el terreno elegido para que dentro de él empiecen a levantarse las construcciones. Desde el principio el buen Padre eleva sus oraciones al cielo: quiera Dios que así se acaben las rivalidades existentes entre los poblados indígenas y qe con el tiempo la población crezca y se desarrolle, de tal suerte que llegue a convertirse en el centro de la vida regional. La historia de Huetamo empieza con números impares y no cuesta mucho trabajo hacerse el censo inicial de la población; una pequeña iglesia, siete casas de adobe, once chozas de zacate, un cura afanoso con tres reales al mes por todo ingreso, unas tres familias recién avecindadas y más de quince indios que vive casi a la intemperie.

 

Todo lo que hay se puede contar con los dedos de la mano; pero a decir verdad los números son lo de menos porque lo que vale son las esperanzas e ilusiones de quienes tienen puesta su fe en el porvenir. Sin embargo, fácilmente se comprueba que el cuatro es el signo cabalístico de Huetamo, el símbolo de su suerte y el emblema de su historia. Huetamo nace y vive, en efecto, a los cuatro vientos y en cuatro siglos de existencia alcanzará apenas la mayoría de edad. Cuatro de las tribus que ahí se juntan y luego se separan: cuitzinchas, tecos, purépechas y guanaxheos; cuatro barrios integran la población: Cahuaro, Pirinda, La Garra y Barrio Alto; cuatro caminos l conectan con los pueblos circunvecinos: Carácuaro, Tiquicheo, Zirándaro y San Lucas; cuatro son, finalmente, las ciudades comerciales que se disputan sus productos: Morelia, Toluca, Iguala y Tacámbaro. Más aún, cuatro virtudes cardinales –síntesis de su nombre y resumen de su historia- la circunscriben en el tiempo: la prestancia de sus primeros fundadores, la mansedumbre de su bienhechor, la entereza de sus héroes y el valor de sus revolucionarios. Es un proceso por cuádruple partida que conviene reconstruir con sólo esquematizar algunas escenas de la Colonia, la Independencia, la Intervención y la Revolución.

 

Pero habría necesidad de pintar antes, a manera de prólogo, el cuadro indígena de los primeros tiempos para completar el cuadro de sus costumbres y sentimientos. Sonreí panoramas inéditos y tierras casi vírgenes, aparecen un día cuatro tribus purépecha: vienen desde muy lejos –probablemente del valle de Caracas, allá en la América del Sur- y penetran al país por Chiapas y Oaxaca, en busca de un sitio propicio para sentar sus reales. Bordean la costa de Guerrero y, tras de cruzar la Sierra Madre, fundan el pueblo de Guayameo en recuerdo del lugar de donde proceden. Atraviesan luego el Balsas en ese punto donde confluyeren el río grande y el río chiquito y hacen alto, poco después, en un sitio donde abundan los árboles frondosos y los frescos manantiales. Ahí se reúnen en consejos y acurdan nombrar rey a Iré-Ticáteme para unirse todos bajo un solo mando. Hecho lo cual unos siguen su camino y otros deciden quedarse para dar permanencia a la caza y a la agricultura, hasta que un día Tariácuri, a la sazón dueño y señor del reino de Michiuacán, se presenta con sus huestes organizadas para someter a los huetama a su real autoridad. Cuando muere, reparte el reino en tres grandes señoríos: Tangaxhuan en Tzintzuntzan, Hiquíngari en Pátzcuaro e Hirepan en Coyucan. Hirepan, como todo buen señor, se muestra orgullosos de lo suyo y se entrega de inmediato a la tarea de reorganizar su reino que comprende Coyucan, Pungarabato, Cutzmala, Guayameo, Zirñandaro, Pandacuareo y Huetamo. Es cosa de ver cómo actúa ese mentado rey para hacerse sentir en todas partes: dicta órdenes, ejerce el mando con buen tino, envía emisarios y distribuye hábilmente su gente por los cuatro rumbos; va y viene de un lugar a otro, recogiendo tributos e imponiendo vasallaje. ¡Qué prestancia la suya y qué maneras las que emplea para hacerse querer y respetar! EN Huetamo, por ejemplo, acostumbran reunirse los mejores guerreros para medir sus armas o lucir sus atavíos; pero ninguno tan diestro ni tan apuesto como Hirepan con su rojo penacho, sus deslumbrantes joyas y su manto real de vistoso colorido. Pasan los años entre fiestas e incursiones, entre juegos y ceremonias, hasta que un día llega la voz de alarma a los huetama: el gran Caltzontzin ordena que se apresten lanzas y escudos para luchar contra los hombres barbados –Cristóbal de Olid primero y Nuño de Guzmán después que vienen a profanar la tierra con los cascos de sus caballos.

 

Huetamo es entonces centro de bélica actividad: ahí se junta el grueso de los ejércitos y desfilan sin cesar los que van como refuerzos y con los que regresan derrotados en busca de refugio. Un tal Martín Cerón Saavedra, hombre de pelo en pecho, le toca como encomienda la región de Huetamo, Pungarabato y Zirándaro; el señor en comendadero es gente de mano dura y no se anda con miramientos para sacarle el mayor provecho a la situación: empieza buscando oro y acaba cultivando la tierra. A decir verdad, nadie vive en la holganza; pero los pobres indios son los que llevan la peor parte: los tratan como bestias donde antes fueron señores y los fustigan –látigo en mano- para que no tengan respiro en todo el día. Llega un momento en que no se sabe si son más anchos y profundos los surcos que abren en la tierra o los que hacen a ellos en la espalda. La indiada vive a expensas de sus amos y al capricho de sus capataces. ¡Y vaya si lo son los que vigilan sus pasos y cuidan de sus quehaceres! La miseria los rodea y el dolor los asiste: el calor y las plagas, las enfermedades y el hambre son sus únicas compañías. En realidad, es cuento de nunca acabar, los indios son cada vez más pobres y los blancos son cada vez más crueles.

 

A penas si, de vez en cuando, se escucha por aquellos contornos alguna vez piadosa; pero el eco se pierde luego entre el ajetreo rural y los indios quedan nuevamente a merced de sus verdugos. El campo aparece libre y el terreno abandonado, como quien dice, para que los encomenderos sigan haciendo de las suyas; los indios sucios y macilentos, son los chivos expiatorios y les hacen pagar cara su condición de esclavos. Hasta que un día –¡bendito Dios!- llega por esos rumbos un fraile callado y animoso que truena de santa indignación ante tanta injusticia. Viste el hábito de los agustinos y en el rostro se reflejan las vigilias y los insomnios; tiene predilección por los pobres y los enfermos y nada hay que lp haga desvariarse de sus propósitos de atender a unos y socorrer a otros. Ayuda y cirve con tal celo y desinterés que no tarda en ganarse la simpatía y la gratitud de sus semejantes. Juan Bautista de Moya se llama este fraile humanitario que un día sienta sus reales en todos los confines de la tierra caliente: los indios acuden a él de todas partes y en todas partes se venera su ejemplo y se acatan sus enseñanzas.

 

Cuentan de él milagros y maravillas: que aquí hizo brotar el agua con sólo golpear la roca e invocar la bondad del Todopoderoso; que proporciona sombra a los caminantes; que unos lo han visto caminar por el aire y otros atravesar el Balsas sobre el lomo de un caimán. ¡Ese padre Moya, como le llaman los nativos, es un santo varón y Dios lo conserve muchos años para ventura de los pobres y beneficio de los indios! No repara en distancias ni privaciones con tal de curar al enfermo, darle de comer al hambriento y dar de beber al sediento; procura, a toda costa, el progreso y bienestar de la región: impulsa los cultivos, fomenta el comercio y la cría de animales domésticos. Puede decirse, con razón, que la tierra caliente es el paraíso de su alma y el martirio de su cuerpo. Cuando muere, en santa paz con el Señor, los humildes no se cansan de llorar su ausencia; pero su sombra bienhechora cobija todavía a los que han menester de vestido, techo y sustento. En cuatro ocasiones importantes Morelos pasa por Huetamo: la primera, inmediatamente después de salir de Carácuaro en plan de caudillo, cuando se detiene ahí para madurar sus planes y escribir aquella famosa carta a un compadre suyo de Nocupétaro recomendándole el pago de algunas pendientes, antes de seguir por Churumuco; rumbo a Acapulco; la segunda, cuando traslada el Congreso de Chilpancingo hasta Apatzingán donde va a promulgarse, bajo sus auspicios, la primera Constitución; la tercer va cuando su estrella empieza a declinar, la vez en que marcha resuelto a ponerle sitio a la ciudad de Valladolid, y la cuarta, tras la derrota de Puruarán, cuando galopa custodiando al Congreso rumbo a Tehuacán. Esa es la última vez que Huetamo le brinda hospitalidad y ni siquiera hay tiempo de prodigarle atenciones y por más que apresura el paso para ponerse a salvo, le dan alcance en Temezcala donde inicia su martirologio. Huetamo es, durante la Intervención, refugio invulnerable de patriotas, sólido baluarte de la causa republicana: Arteaga establece ahí su centro de operaciones; Leonardo Valdez y Cosme Varela defienden la plaza de las acometidas imperialistas; Nicolás Romero, el león de la montaña como le llamaron los franceses, pasa la noche en uno de sus portales en calidad de prisionero al y día siguiente, muy de mañana lo conducen amarrado hasta la ciudad de México para formarle juicio y fusilarlo con todas las de la ley; don Vicente Riva Palacio, escritor notable y patriota a carta cabal, publicar ahí el periódico “El Pito Real” para fustigar al Imperio y enaltecer los fueros de la República.

 

Cuando llega la revolución al sur, Huetamo se tercia las carrilleras y sale a los caminos a definir esta postura: los hombres mueren en la raya. El General Rentería Luviano, oriundo como los tamarindos de la plaza principal, se rodea de esos “pintos” de tierra caliente que manejan el 30-30 con tal rapidez y precisión, que da gusto verlos pelear en el campo raso formados al descubierto como si acabaran de sacar el surco. El Divisionario Gertrudis Sánchez, norteño de origen pero amoldado de plano a la dura ley del sur, combate con éxito la región hasta que un día, enfermo y derrotado, cae prisionero y lo fusilan en camilla. Don Cecilio García, lugareño ciento por ciento, gana el grado de General por méritos en campaña y se mueve en los combates centauros bajo el amparo de esta consigna: para morir mejor vale más machete en mano que carabina al hombro. Sidronio Sánchez Pineda, entero en el caballo y cabal en la amistad, entra a escena revolucionaria con la espontánea decisión de quien participa en un rodeo y adquiere pronto fama y renombre porque posee estos dos atributos masculinos: sobrada inteligencia y valor a toda prueba. ¿Qué de hechos y sucedidos no se quedan todavía por consignar? Por ejemplo, las luchas entre mexicanos y pirindas, las exploraciones iniciales de Fray Francisco de Villafuerte, la labor evangelizadora de Fray Juan de San Román y Fray Diego de Chávez, las guerrillas insurgentes de Manuel Muñiz, las reuniones que ahí celebran los miembros del Congreso de Chilpancingo, las correrías del General Pueblita, la estratégica retirada de Nicolás de Régules, la estancia de los prisioneros belgas, la transitoria ocupación de la plaza por el imperialista Ramón Méndez, las hazañas revolucionarias de Amaro y Figueroa y otros pormenores de no menor significado. Pero basta con lo dicho para completar el cuadro de sus grandezas y pequeñeces, de sus venturas e infortunios, de sus alegrías y contratiempos. Los que deseen saber algo más, pueden recurrir a las crónicas de Beamont, Basalenque y Eduardo Zamacois: a los relatos y las novelas de Riva Palacio y Eduardo Ruiz; a los datos y referencias de Romero Flores y Jesús Millán.

 

En todos ellos se encontrará material suficiente para trazar, de su conjunto, una visión más amplia de su destino; pero, ¿no valdría la pena que alguien, con mayor interés y acuciosidad, se entregue de lleno a la tarea de escribir una monografía de Huetamo? ¡Cuántas cosas dramáticas o pintorescas no ocurren en esos cuatrocientos años, viviendo como se vive bajo constantes alternativas! El simple proceso de su nombre implica ya una historia de relatar: primero, simplemente Huetamo como quisieron los tarascos; luego, San Juan Huetamo, testimonio de reconocimiento a su ilustre fundador; y por último, Huetamo de Nuñez, según decreto de 1859, en memoria del guerrillero José Silverio Núñez, cuyas hazañas raya en la audacia y la temeridad. Esas mismas denominaciones explican, por otra parte, su tránsito de congregación y pueblo a villa y ciudad tal, como se conmemoró en las recientes fiestas del cuarto centenario. Huetamo es, así, signo y señal del tiempo durante cuatro siglos de afanarse y progresar, lugar de tránsito y arribo, vértice de emociones y cruce de caminos en la topografía cálida del sur. ¿Qué más puede decirse de un poblado que lo ha visto todo y todo lo ha tenido? En su trayectoria abundan tipos de todas las calidades: santos y guerreros, personajes y caudillos, mensajeros y vagabundos, soldados y poetas, músicos y políticos, hombres de espada y gente de pluma, muchachas entusiastas y damas encopetadas que prestan a las escenas más elegancia y solemnidad. Por su ejecutoria y ubicación. Huetamo ha sido y es escuela de hombres recios y círculo propicio para dulces intimidades, punto de partida y remate en la historia regional. Esquina del tiempo, mejor dicho, donde se topan historias y leyendas, ensueños y realidades que van desde lo ordinario hasta lo sublime.

 

Se ha vivido, en verdad, con soltura de ánimo y claridad de conciencia, lisa y llanamente, sin falsos alardes ni actitudes declamatorias. De ahí que Huetamo pueda ufanarse de haber sido siempre igual; franco en el trato y abierto en la hospitalidad, recto en su vida y perpendicular en sus sentimientos- ¿Qué le queda por desear si todo lo ha vivido con intensidad y satisfacción en tantos años de bregar en lo positivo? El tránsito de Huetamo se puede construir con sólo imaginar las cabezas de sus hombres: desde los penachos indígenas y las testas tonsuradas de los frailes, hasta los yelmos de los conquistadores y los fieltros galoneados de los encomenderos; desde el sombrero de tres picos hasta el sombrero chinaco y, desde el pequeño “soyate” hasta el clásico sombrero de Tlapehuala. O bien, bastará con medir las huellas de los pies sobre la tierra: de las plantas descalzas del indio a las sandalias del misionero, de las botas insurgentes a los botines revolucionarios, de los zapatos de gamuza a los guaraches de correas. ¿No sería tema de un gran ensayo ver cómo se calza y viste ese pequeño pueblo durante cuatrocientos años de guarecerse del sol y protegerse del escabroso suelo? Para ser más auténtico, el paisaje de Huetamo se viste ahora a la usanza regional: camisa y calzón de manta, en tanto que las huellas del huarache tapizan los caminos y el sombrero de palma cubre todas las perspectivas. Tal es el panorama real, humano de cada pueblo tres veces centenario cuyo temperamento se amolda fácilmente a las cuatro estaciones; es florido en primavera, cálido en el verano, templado en el otoño y benigno en el invierno. Por lo menos, así se personifica a ese hombre de guarache y sombrero de palma –sangre y nervio de su historia- que en cuatro siglos no ha dejado de pelear por la justicia y abogar por la libertad. Escribe Salvador Pineda. De: “Previsión y Seguridad”, Almanaque Anual Para el Taller y el Campo Mexicanos, México, 1955.

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