Por Macario Ramos Chávez
Imágenes de Archivo y Periódico La Jornada
Morelia, Mich. Jueves 29 de octubre, 2026. / La muerte, esa señora impuntual que nunca avisa, llegó un miércoles de otoño a la casa del hombre que había nacido un Primero de Mayo, en el año de 1934, cuando su padre todavía repartía tierras y nacionalizaba el petróleo. Tenía noventa y dos años y los ojos cansados de mirar tantas veces, el horizonte de un país que le urgía el cambio democrático.
La presidenta de Mexico, Claudia Sheinbaum Pardo, lo confirmó con la voz quebrada por la noticia, y Michoacán entero, se cimbró —ese Michoacán, de lagos, montañas y volcanes, aquí, donde los muertos pesan más que los vivos— se quedó en silencio como cuando se va la luz.
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, ingeniero civil de profesión y demócrata por decisión, murió en la Ciudad de México, pero se fue consumiendo de a poco, en cada rincón de la señorial Morelia, que lo vio crecer entre el Colegio de San Nicolás, El Portal Matamoros y los pasillos de la casa en Las Tarascas.
El General Lázaro Cárdenas del Río, hablaba de revolución como otros hablan del clima. El Tata, así, con mayúsculas y con cariño de santoral laico, le heredó el apellido y una gran carga : ser hijo de la Patria, cuando la Patria apenas si alcanzaba para todos.
Nació un 1 de mayo, que no es poca cosa para quien dedicaría su vida a reivindicar a los desposeídos. Grandes días entre Los Pinos, el espacio que su padre convirtió en sede del poder, y que él después miraría desde la otra orilla, y el Colegio de San Nicolás en Morelia, donde aprendió que las ideas se defienden con el cuerpo y no solo con la boca.
Estudió ingeniería en la UNAM, trabajó en la Comisión del Río Balsas y en la presa La Villita, gandes aprendizajes de la región costeña, conocida alguna vez, como Los Llanitos, Melchor Ocampo y con el paso del tiempo Puerto de Lazaro Cárdenas.
Durante años, creyó que el progreso venía en planos y cemento, hasta que descubrió —como descubren los elegidos, con un golpe en el pecho, que el verdadero progreso, era que la gente pudiera elegir a sus gobernantes, sin que le robaran el voto, respeto a la voluntad ciudadana.
Senador por Michoacán de 1976 a 1980, Gobernador del mismo estado de 1980 a 1986. Municipalizó el Transporte Publico, considerado como ” El Pulpo Camionero ” , controló la venta de alcohol como quien pone orden y beneficiando con ello a las familias, y reconoció triunfos del PAN cuando las urnas así lo decían.
En aquellos tiempos de dinosaurios priistas, reconocer que el adversario había ganado era como confesar un pecado mortal en misa de gallo. Pero Cuauhtémoc, que había aprendido de su padre, que la honradez es un lujo que algunos políticos no pueden pagarse, se dio el lujo de pagarla.
Fue en 1987, cuando el cielo se le oscureció. Junto a Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Leonel Godoy Rangel y otros adalides de la lucha democratizadora, nombres que la historia guardará como guarda las llaves de su casa, formó la Corriente Democrática del PRI, exigiendo lo que nadie exigía: democracia interna.
La imposición de Carlos Salinas de Gortari, fue la gota que derramó el vaso de charanda michoacana. Cuauhtémoc, rompió con el partido de su padre —herida que no cicatrizó nunca— y encabezó el Frente Democrático Nacional en 1988.
Y entonces ocurrió el milagro, y la tragedia al mismo tiempo. La elección del 6 de julio de 1988, cuando iba arriba en el conteo, quedó marcada para siempre por la famosa “caída del sistema”.
Los mexicanos aprendieron ese día, que los sistemas computacionales pueden tener gripa justo cuando conviene. La presidenta Claudia Sheinbaum, que ese año hizo su tesis, le dedicó una frase que ahora suena a profecía: “Año en que ganó Cárdenas”.
Porque ganó, todos lo saben, aunque los papeles digan otra cosa. La memoria del pueblo, es más terca que las actas.
En 1989 fundó el PRD, ese partido que nació como un hijo no deseado por el sistema, pero que se convirtió en el dolor de cabeza de muchos. Volvió a competir en 1994 y 2000, perdiendo con la dignidad de los que saben que las batallas se ganan a veces perdiendo.
Pero su gran victoria llegó en 1997: primer Jefe de Gobierno del Distrito Federal, electo por voto ciudadano. Allí estuvo hasta 1999, cuando dejó el cargo para lanzarse por tercera vez a la presidencia, como esos enamorados que no aprenden.
Renunció al PRD en 2014, cuando el partido que había fundado se le parecía cada vez menos a sí mismo. Y en marzo de 2026, a sus 91 años, asumió su última responsabilidad pública: Presidente honorario de la Comisión Consultiva del Petróleo de Pemex. Un guiño del destino: el hijo del presidente que nacionalizó el petróleo, cerrando el círculo sesenta años después.
Recibió la Medalla Belisario Domínguez en 2011, ese reconocimiento que se da a los mexicanos que se atreven a decir la verdad, aunque les cueste la cabeza, o la carrera política, que para algunos es lo mismo.
Pero es en Michoacán, donde la historia del ingeniero Cárdenas, tiene otro sabor, un sabor a nuriten y a tierra mojada. Porque aquí, en esta tierra de hombres que luchan por la tierra, el ingeniero contó con colaboradores que fueron más que eso: fueron hermanos de causa.
Leonel Godoy Rangel, Roberto Robles Garnica, Isidro Aguilera, Armando Machorro Arenas, Humberto Urquiza Marín, Jesús Garibay, Mariano Sánchez, Carmen Escobedo, Francisco Javier Ovando… y muchos, muchos más, una lista que no cabe en un papel, pero sí, en la memoria de un pueblo que sabe agradecer.
Con ellos recorrió los caminos laxos y polvorientos de la Tierra Caliente, los pueblos fríos de la Meseta Purhépecha, la costa, bosques del oriente y los mercados de la capital michoacana, donde las mujeres venden corundas con churipo y le decian “ingeniero” con esa mezcla de respeto y cariño que solo se da, en las tierras donde la política se hace con las manos callosas.
Con ellos, construyó con todo compromiso, lealtad y firmeza, la transición a la democracia, una conciencia que hoy parece natural, pero que en aquellos años, era subversiva.
Se va el puente entre dos eras: el hijo del General que repartió tierras y nacionalizó el petróleo, y el ingeniero que abrió la puerta a la democracia electoral moderna.
Se va el hombre que pudo haber sido Presidente, pero se convirtió en algo más grande: en el hombre que enseñó a México a exigir.
Sus restos son velados en el Panteón Francés de Legaria, en la Ciudad de México, su sombra —esa sombra larga de hombre alto y parco— seguirá caminando por los pasillos del Palacio de Gobierno, por las calles de Jiquilpan, donde nació su padre, por los pueblos como Santa Clara del Cobre, Pátzcuaro, Uruapan, Apatzingán, lugares donde la gente todavía dice “yo voté por Cuauhtémoc en el 88” como quien confiesa un acto de rebeldía.
Murió un miércoles 28 de octubre a los 92 años. Nació un 1 de mayo de 1934. Entre esas dos fechas, México aprendió que la democracia no se regala, se conquista. Y que los hijos de los presidentes, también pueden ser revolucionarios, aunque les cueste el apellido, la comodidad y el poder.
Michoacán, esa tierra de lagos donde los muertos no se van del todo, porque se quedan en el aire, en el maíz, en el olor del copal, despiden al ingeniero con el mismo respeto con que despiden a sus santos: sabiendo que los hombres como él no mueren, solo se adelantan.
Descanse en paz, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. El Tata lo espera. Y México, ese país que usted soñó, todavía no le termina de agradecer.
Morelia de Morelos, donde las historias se cuentan con calma y se recuerdan con pasión.








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