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Torres Piña conoce Michoacán: las voces que explican su liderazgo

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Una de las cifras más consistentes en los estudios sobre Carlos Torres Piña es el reconocimiento de que conoce Michoacán. Pero ese atributo se entiende mejor cuando se observa cómo ha enfrentado estos meses de recorrido. No ha sido solamente una sucesión de municipios visitados. En Pátzcuaro y la región lacustre volvió a encontrarse con comunidades originarias con las que existe una relación de años y que recuerdan cuando, desde la Secretaría de Gobierno, encontraron interlocución para temas como autonomía, presupuesto directo y organización comunitaria. En Capula se sentó con artesanas y artesanos para hablar de comercialización y de cuánto del valor de una pieza termina realmente en manos de quien la produce. En otras regiones agrícolas escuchó a productores explicar que el problema del campo no se agota en producir más: también está en el precio, el agua, los intermediarios y la dificultad para transformar aquí lo que se cosecha. Conocer un estado empieza por reconocer que cada territorio plantea preguntas diferentes.
La composición social de esos encuentros también dice algo. Con más de mil jóvenes puso sobre la mesa empleo, vivienda, educación y las dificultades para construir un proyecto de vida sin salir de Michoacán; en Jiquilpan y Sahuayo volvió a escuchar a jóvenes desde sus propias preocupaciones. En Morelia abrió un foro con integrantes de colectivos LGBTTTIQ+ para que fueran ellos quienes definieran los pendientes: acceso efectivo a salud, reconocimiento de familias, identidad, discriminación y la enorme distancia que todavía existe entre ejercer un derecho en la capital y hacerlo en un municipio pequeño. Con mujeres ha sostenido reuniones sectoriales para escuchar problemas que cruzan desde la autonomía económica hasta las violencias y la participación pública. Son conversaciones distintas, pero juntas empiezan a construir una imagen bastante precisa de la complejidad social de Michoacán.
Hay además un elemento que distingue esos encuentros de la lógica tradicional de una campaña: Torres Piña no aparece siempre como la única voz autorizada. Un transportista puede explicar mejor qué significa sostener una ruta; una productora sabe cuánto cuesta sacar adelante una cosecha; una persona mayor tiene memoria suficiente para distinguir quién regresó y quién desapareció después de una elección; una autoridad comunal puede explicar por qué el presupuesto directo permitió pasar, en algunos casos, de esperar una obra anual del ayuntamiento a realizar cinco, seis o siete mediante organización y faena comunitaria. Esa gente no funciona como escenografía. Su testimonio aporta información política y, sobre todo, demuestra que detrás de la fotografía existe una relación previa. No se consigue que una comunidad, un colectivo o un sector hable con esa familiaridad llegando unas semanas antes de una encuesta.
Eso ayuda a darle contenido al 69 por ciento que reconoce en Torres Piña conocimiento de Michoacán. Conocer el estado no consiste en memorizar 113 municipios ni en acumular fotografías en plazas públicas. Implica entender que en la región lacustre la conversación puede comenzar por autonomía y territorio; en Capula por artesanía, identidad y comercialización; con los jóvenes por oportunidades; con la diversidad por derechos que todavía no llegan igual a todo el territorio; y con el campo por quién termina quedándose con la riqueza que produce Michoacán. Esa capacidad de cambiar de pregunta según el interlocutor es mucho más relevante para gobernar que repetir el mismo discurso en todas partes.
Quizá por eso las voces que han aparecido durante estas semanas ofrecen una evidencia distinta de la consolidación de Torres Piña. Las encuestas permiten medir cuánto respaldo tiene; el territorio permite entender de qué está hecho. Detrás hay comunidades, jóvenes, mujeres, trabajadores, productores, artesanos, personas mayores y colectivos que no necesitan que alguien hable en su nombre porque han tenido espacio para hablar por sí mismos. Y ahí el atributo de “conocer Michoacán” deja de ser solamente una respuesta de encuesta: se convierte en una manera de construir política, escuchando primero los muchos Michoacanes que existen antes de pretender conducirlos.

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